“En la noche brilla tu luz.
De dónde, no lo sé.
Tan cerca parece y tan lejos.
Cómo te llamas, no lo sé.
Lo que quiera que seas:
luce, pequeña estrella"
En plenas fiestas Navideñas os quería hacer un blog especial sobre las emociones. Es un tema muy común, pero creo que lo voy a abordar de una manera un poco diferente.
A menudo nos preguntamos ¿Por qué son un problema las emociones?
¿Por qué es tan problemático el manejo constructivo de los sentimientos?
La mayoría de nosotros vio sus propios sentimientos sometidos al manejo propio de los métodos tradicionales que imperan en nuestra cultura, y actúa de la misma manera ante sus conocidos.
Notemos con cuanta frecuencia desatamos el razonamiento, la lógica, el consenso, la reafirmación y la negación cuando expresamos un sentimiento negativo.
Pese a que los sentimientos negativos son un hecho de la vida, prácticamente a todos nos enseñaron que no debemos tenerlos. Y nos convencemos de ser menos valiosos o menos maduros cuando tales sentimientos afloran. El hecho es que nadie puede vvir día a día con otro sin conflictos, y que los conflictos generan sentimientos.
Entre tanto, somos pocos los que tenemos conciencia de que la manera más rápida de liberarse de las emociones negativas ( y la única manera de asegurarse de que no se transformen en síntomas malsanoa) consiste en alentar su expresión.
"Los sentimientos negativos que se expresan y aceptan pierden su poder destructivo".
Por otra parte, los padres no reciben instrucción en cuanto a la habilidad necesaria para aliviar las emociones negativas. No es extraño, pues, que tantos fracasen en el manejo de los sentimientos, particularmente los negativos.
"La expresión de los sentimientos descarga la energía emocional"
Una película fantástica y reciente sobre las emociones y los sentimientos es "Del revés" (Inside Out). Os voy a poner un pequeño vídeo, y si no la habéis visto, os recomiendo que la veáis!!! es estupenda, emocionante y muy instructiva!!
Muy buenas!! Hoy os traigo un cuento que utilicé en clase para fomentar la lectura y el gusto por los cuentos, el vocabulario y la imaginación. Siempre que me era posible en la asamble les leía un nuevo cuento, y sobre él trabajábamos. Realizábamos una ficha todos los viernes, en el cual ellos dibujaban a su manera la portada del cuento, escribían su título, valoraban si les había gustado o no, para ello tenían que pintar una cara sonriente de verde para decir si les había gustado y una cara triste de color rojo si no les había gustado. El cuento que os traigo trata sobre las letras "c" y "qu", que ya sabemos que en determinadas edades les cuesta un poquito distinguirlas.
Al subirlo se me han descolocado estas dos hojas, y eso que lo subí una a una, ya sabéis cosas de las nuevas tecnologías. Por suerte las páginas del cuento están enumeradas ;)
Quizá nunca te hayas parado a pensarlo pero, ¿conoces todos los beneficios que la música puede aportar a tu hijo? Si la respuesta es negativa, presta atención porque hoy te proponemos llenar tu casa de notas musicales.
En la actualidad, la música se está introduciendo en la educación desde edades muy tempranas. Ignacio Gómez Peña, maestro del Colegio del Álamo especializado en educación musical, explica que “los beneficios que la música aporta a los niños son muy diversos. Con la música trabajas los distintos aspectos del ámbito humano, el ámbito social, comunicativo y expresivo”.
Pero si queremos ayudar a nuestro bebé desde sus primeros días e incluso desde que todavía se encuentra dentro nuestra tripa, la música es una gran opción. A partir de las 20 semanas de gestación, el bebé puede oír y recordar melodías. Y desde el momento en que nacen, podemos comprobar cómo responden a estímulos auditivos. Entonces, ¿por qué no recurrir a la música para enseñarles a hablar, a moverse o a memorizar?
Música para aprender
A la hora de enseñar a tu bebé a hablar, la música puede ser una buena herramienta. No sólo porque estimula la alfabetización, sino también porque aumenta el nivel de concentración. Ignacio Gómez Peña comenta que “las canciones pueden ayudar a la adquisición del vocabulario a partir de la repetición constante de cantares y rimas musicales”. La mayoría de las canciones infantiles contienen numerosas sílabas rimadas y repetitivas que ayudarán al niño a memorizar y a entender nuevos conceptos. Y además, si a éstas le añadimos gestos, podremos favorecer su aprendizaje mientras pasamos un buen rato en compañía de los que más queremos.
Asimismo, la música también estimula la expresión corporal. Con los gestos y los diferentes ritmos el niño irá incorporando nuevos movimientos, favoreciendo de esta manera su coordinación corporal.
Música para relajarse y relacionarse
La música tiene el curioso don de acercar a las personas, por tanto, el bebé que esté acostumbrado a disfrutar de la música, será más dado a relacionarse con otros niños.
Igualmente, serán bebés más tranquilos. Todos conocemos la famosa frase de ´la música amansa a las fieras´, pues ahora comprendemos su verdadero significado. Si somos capaces de asociar una melodía a los momentos de tranquilidad, cuando el niño esté más irritado podremos utilizar esa canción para calmarlo. Gómez Peña recomienda “canciones infantiles para calmar y entretener a los niños y música clásica como acompañamiento a otras actividades que exigen mayor concentración, como son los dibujos o la lectura”.
Pero como con cualquier otro hábito, deberemos iniciar al niño en el mundo de la música poco a poco. Dejando un rato al día para disfrutar de las notas y los ritmos en compañía de los más pequeños, pronto asociarán la música con un momento de diversión y habremos conseguido nuestro objetivo: mi bebé disfruta con las canciones.
Más allá de las canciones infantiles populares de toda la vida, repetidas hasta la saciedad durante décadas de padres a hijos, la música es un pilar fundamental dentro de la educación infantil, y una manera de expandir las capacidades de los niños a diversos niveles. Su poder para estimular la inteligencia emocional, así como el desarrollo auditivo y cognoscitivo desde una edad temprana, hacen de ella una sonora fuente de información, altamente beneficiosa para los más pequeños.
Por eso, cada vez más y más padres se suman a la tendencia de inculcar a sus hijos la pasión por un instrumento desde la edad preescolar en adelante. Compartir con ellos la magia de las notas musicales al desplegarse sobre una partitura no sólo nos permite estrechar lazos y abrir miras: los efectos de aprender a tocar el violín, el piano o la guitarra repercuten directamente en su capacidad de aprendizaje, fomentando su comprensión de materias muy diferentes como las matématicas, y expandiendo los límites de su imaginación al tiempo que cultivan una faceta más sensible de su personalidad de cara a la vida adulta.
En este sentido, y siguiendo las indicaciones del violinista del programa infantil y juvenil 'Pizzicato' Ara Malikian, lo más importante cuando se pretende inculcar el gusto por la música a una edad temprana es presentarla como un juego, más allá que una simple repetición de ejercicios, escalas y arpegios.
El afamado músico libanés, quien a los 15 años se convertía en el alumno más joven admitido en el centro superior de estudios musicales de Hannover, nos ha hablado en exclusiva sobre los beneficios de la educación musical en los niños, con motivo del lanzamiento del DVD de la película 'El Cascanueces'.
Esta es una historia indispensable para reflexionar sobre la influencia que nuestras palabras y nuestros actos tienen sobre los alumnos. El cuento de Helen Buckley muestra como, de manera consciente o inconsciente, estamos transmitiendo algo más que conocimientos o habilidades en cada una de nuestras clases. No sólo lo que hacemos, sino también aquello que dejamos de hacer influye en la formación de nuestros alumnos.
Muchas veces la verdadera formación habita entre los pliegues de los libros y libretas, en los tiempos muertos entre clases, en las conversaciones informales de pasillo, en el hecho de compartir un lápiz, en una mirada, en un gesto, en el tono de una respuesta. Muy a menudo la verdadera formación se nos escapa entre los dedos mientras intentamos atraparla en objetivos, normas, planes de estudio y asignaturas.
UN NIÑO.
Erase una vez un niño que acudía por primera vez a la escuela. El niño era muy pequeñito y la escuela muy grande. Pero cuando el pequeño descubrió que podía ir a su clase con sólo entrar por la puerta del frente, se sintió feliz.
Una mañana, estando el pequeño en la escuela, su maestra dijo: Hoy vamos a hacer un dibujo. Qué bueno- pensó el niño, a él le gustaba mucho dibujar, él podía hacer muchas cosas: leones y tigres, gallinas y vacas, trenes y botes. Sacó su caja de colores y comenzó a dibujar.
Pero la maestra dijo: - Esperen, no es hora de empezar, y ella esperó a que todos estuvieran preparados. Ahora, dijo la maestra, vamos a dibujar flores. ¡Qué bueno! - pensó el niño, - me gusta mucho dibujar flores, y empezó a dibujar preciosas flores con sus colores.
Pero la maestra dijo: - Esperen, yo les enseñaré cómo, y dibujó una flor roja con un tallo verde. El pequeño miró la flor de la maestra y después miró la suya, a él le gustaba más su flor que la de la maestra, pero no dijo nada y comenzó a dibujar una flor roja con un tallo verde igual a la de su maestra.
Otro día cuando el pequeño niño entraba a su clase, la maestra dijo: Hoy vamos a hacer algo con barro. ¡Qué bueno! pensó el niño, me gusta mucho el barro. Él podía hacer muchas cosas con el barro: serpientes y elefantes, ratones y muñecos, camiones y carros y comenzó a estirar su bola de barro.
Pero la maestra dijo: - Esperen, no es hora de comenzar y luego esperó a que todos estuvieran preparados. Ahora, dijo la maestra, vamos a dibujar un plato. ¡Qué bueno! pensó el niño. A mí me gusta mucho hacer platos y comenzó a construir platos de distintas formas y tamaños.
Pero la maestra dijo: -Esperen, yo les enseñaré cómo y ella les enseñó a todos cómo hacer un profundo plato. -Aquí tienen, dijo la maestra, ahora pueden comenzar. El pequeño niño miró el plato de la maestra y después miró el suyo. A él le gustaba más su plato, pero no dijo nada y comenzó a hacer uno igual al de su maestra.
Y muy pronto el pequeño niño aprendió a esperar y mirar, a hacer cosas iguales a las de su maestra y dejó de hacer cosas que surgían de sus propias ideas.
Ocurrió que un día, su familia, se mudó a otra casa y el pequeño comenzó a ir a otra escuela. En su primer día de clase, la maestra dijo: Hoy vamos a hacer un dibujo. Qué bueno pensó el pequeño niño y esperó que la maestra le dijera qué hacer.
Pero la maestra no dijo nada, sólo caminaba dentro del salón. Cuando llegó hasta el pequeño niño ella dijo: ¿No quieres empezar tu dibujo? Sí, dijo el pequeño ¿qué vamos a hacer? No sé hasta que tú no lo hagas, dijo la maestra. ¿Y cómo lo hago? - preguntó. Como tú quieras contestó. ¿Y de cualquier color? De cualquier color dijo la maestra. Si todos hacemos el mismo dibujo y usamos los mismos colores, ¿cómo voy a saber cuál es cuál y quién lo hizo? Yo no sé, dijo el pequeño niño, y comenzó a dibujar una flor roja con el tallo verde.”
La parábola de la marsopa, o del delfín, es una interesante historia narrada por George Bateson, uno de los padres de la programación neurolingüística, que recoge las observaciones realizadas por el propio Bateson mientras estudiaba el proceso de entrenamiento de unos delfines en Hawai. Las reflexiones extraídas en este estudio son fácilmente extrapolables al contexto educativo.
Bateson observó durante varios meses como los entrenadores enseñaban a los delfines los trucos que debían realizar durante el espectáculo. La “clase” comenzaba cuando el animal hacía algo inusual, como por ejemplo saltar fuera del agua, tras lo cual los entrenadores hacían sonar su silbato y premiaban al delfín con un pescado. Cada vez que el delfín repetía esa acción el entrenador hacía sonar su silbato y premiaba nuevamente al animal. Pronto el delfín aprendió que esa conducta le aseguraba un premio y por tanto la repetía con asiduidad.
Al día siguiente el delfín volvió a repetir su salto esperando obtener su pescado, pero esta vez no sucedió nada. El animal repitió su salto varias veces hasta que aburrido desiste en sus saltos y realiza una acción diferente, por ejemplo un giro. Inmediatamente el atento entrenador hace sonar su silbato y premia al delfín por este nuevo movimiento. Así, el equipo de entrenadores solo premia las piruetas nuevas. Esta pauta de funcionamiento, indica Bateson, se repitió durante dos semanas. El delfín intenta repetir el movimiento del día anterior esperando su pescado, y como no sucede nada realiza un movimiento distinto que, inmediatamente es reconocido (silbato) y premiado (pescado).
Esta situación resulta durante los primeros días algo desconcertante para el animal, hasta que finalmente descubre la “lógica” del juego: sólo se premian los movimientos diferentes. Bateson cuenta que el decimoquinto día de su entrenamiento el delfín realizó un espectáculo tan extraordinario que parecía haberse vuelto loco. El animal empezó a realizar continuos movimientos diferentes realizando varias piruetas no observadas con anterioridad con otros delfines. Finalmente había “aprendido” no sólo a realizar nuevas conductas, sino que había comprendido las reglas sobre cómo y cuándo producirlas.
Uno de los puntos importantes que recoge Bateson en sus observaciones es que, durante las dos semanas del entrenamiento, observó como el entrenador arrojaba pescado al delfín sin motivo aparente. Preguntado el entrenador por esta cuestión le informó: “Esto lo hago para mantener mi relación con él. Si nuestra relación no fuese buena, el delfín no se molestaría en aprender nada.”
Algunas de las conclusiones que se extraen del estudio de Bateson son:
En este caso el objetivo de los entrenadores no es que el delfín aprenda a hacer tal o cual pirueta, su objetivo es mucho más ambicioso: Pretenden que el animal sea creativo, que innove.
Tan importante es la tarea (movimiento nuevo) como la relación. Que el delfín esté interesado en participar en el “juego” depende de que la relación entre ambos sea positiva.
Lo que los entrenadores pretenden es que el delfín aprenda a aprender, que comprenda las “reglas del juego”. No importa la dificultad de la pirueta realizada, sino la innovación, el hacer algo distinto. Se fomenta la iniciativa y la originalidad.
En este proceso de aprendizaje, el delfín recibe información (el sonido del silbato le indica que es lo que ha hecho bien) y refuerzo (pescado). Así el animal entiende cuando hace algo esperado.
Finalmente, no se utiliza ningún tipo de castigo para corregir conductas. Es decir, mientras que el animal no hace movimientos nuevos o mientras se empeña en repetir los aprendidos el día anterior, no se le aplica ningún castigo (no se le ofrece pescado podrido), sencillamente no se le presta atención.
Si comparásemos la “clase del delfín” con nuestro trabajo como maestros y profesores, o con nuestra forma de comportarnos con nuestros hijos…
¿Cuál es nuestra intención como maestros? ¿Les decimos a los niños la “pirueta” que tienen que aprender o les dejamos margen para que muestren su creatividad?
¿Cuidamos la relación de la misma manera que atendemos la tarea? ¿Tenemos tiempo de “dejar caer” algunos pescados fuera de nuestro tiempo de entrenamiento para cuidar la relación?
¿Ofrecemos información y premiamos cada comportamiento esperado o positivo de nuestros alumnos o mostramos más predisposición a atender los comportamientos negativos?
¿Posibilitamos, buscamos la iniciativa en nuestros alumnos?
¿Abusamos del “pescado podrido” para corregir los comportamientos no deseados, aún a cambio de sacrificar la relación y que nuestros “delfines” desistan en su interés por aprender?
* La investigación de Bateson está recogida en el libro "Coaching" de Robert Dilts.
Las gacelas Thompson, esas que siempre andan moviendo la cola y cruzando el Serengeti huyendo de los leones, traían sus crías al mundo. Lo que más me sorprendió de todo el proceso fue el sentido de estrés y de urgencia que rodea el momento del parto.
Estos animales pasan su vida en continuo estado de alerta. Las rígidas leyes por las que se rige el ciclo de la vida las obligan a mantener un continuo estado de vigilia, si quieren sobrevivir en un paisaje plagado de depredadores al acecho. Explicaba el documental como el momento del parto se convierte en un momento especialmente crítico, tanto para la madre como para la cría, ya que en este momento se convierten en presas extremadamente vulnerables. Estos animales están dotados de un mecanismo innato de supervivencia que provoca que las gacelas recién nacidas adquieran la capacidad no solo de mantenerse en pie, sino de correr, a los pocos (poquísimos) minutos. Los leones, siempre atentos, se encargan de convertirse en eficaces profesores. A las gacelas les va la vida en ello, no hay septiembre ni reválida posible: O aprenden rápido o… ya no aprenden.
Hay una frase de motivación bastante conocida sobre leones y gacelas que recoge este principio de supervivencia, de urgencia. La frase acaba con la moraleja de “no importa si eres león o gacela, pero cada día, cuando salga el sol, empieza a correr”. Sólo los mejores (más rápidos) sobreviven. Puro y simple darwinismo.
Nosotros nacemos indefensos, desprotegidos, completamente dependientes de los cuidados maternos. Y esta situación se prolongará durante años. Tardamos años en conseguir la autonomía y la soltura que una gacela Thompson obtiene en tan solo un par de minutos de vida. Desde pequeños nos mostramos desamparados, necesitamos del cuidado y de la protección de los nuestros, no solo para sobrevivir, también para desarrollarnos.
Es por ello que, sobre todo durante los primeros años, recae sobre los padres la responsabilidad de ofrecer cuidados y protección a sus hijos. Pero también ocurre que, al amparo de esas protecciones, de esos mimos, a veces excesivos, los niños comienzan su periplo madurativo con la seguridad de que los riesgos y peligros, también los retos, quedarán alejados por sus cariñosos progenitores. En ese afán por amparar a nuestros cachorros, ocurre a menudo que nos excedemos en nuestro cometido y nos adentramos en el peligroso terreno de la sobreprotección.
Es cierto que los niños nacen dependientes, pero eso no significa que no puedan valerse por ellos mismos para nada, eso no significa que tengan la iniciativa de una ameba, eso no presupone estupidez. Ese merito ya es nuestro, de los adultos, de algunos padres empeñados en masticarles la comida.
La norma del “cuanto más mejor” no acostumbra a ser cierta la mayoría de las veces y, desde luego, en el terreno emocional no lo es. No se trata de arropar a nuestros indefensos y desprotegidos polluelos con cuantas caricias y muestras de afecto seamos capaces de imaginar. No se trata de apartar cuántas piedras surjan en su camino por miedo a que tropiecen. No podemos, aunque a veces nos obcecamos en ello, envolver a nuestros pequeños con plástico de burbujas para evitarles todo mal. Pero sobre todo, lo que no podemos es privarles del aprendizaje que precede al dolor, al error, al golpe. Las heridas se curan, los aprendizajes perduran.
Impacta la imagen de la joven gacela Thomson, aún con el dolor y las heridas del parto recientes, masticando la placenta para liberar a su cría para, acto seguido, empujarla con el hocico hasta ponerla en pie y obligarla a iniciar su trote. De la misma forma, cualquier ave empujará de manera decidida a sus polluelos arrojándolos del nido y obligándolos a volar, a buscar por sus propios medios su alimento. Y todos estos comportamientos, no están motivados por la crueldad o por el sadismo animal, sino que nacen del instinto, del amor de una madre que no dudará en interponerse en el caso de que su cachorro sea atacado, sacrificando incluso su propia vida para salvarlo.
Sin embargo, las personas tendemos a prolongar de manera indefinida la, ya de por si dilatada, etapa de dependencia de nuestros hijos. Disfrutamos cobijándolos bajo nuestra ala, ofreciéndolos todo nuestro calor y, retrasando “sine die” el momento de empujarlos para que corran. Este tipo de comportamientos provocan a menudo retrasos importantes en la maduración de aquellos niños que se ven privados de la oportunidad de afrontar sus propios retos, de aprender de sus desengaños, de sus llantos, de sus desilusiones.
Esta es una manera de actuar egoísta, cortoplacista, que solo mira por el bienestar emocional del progenitor, que se siente reconfortado al sentirse centro del mundo, pilar imprescindible para sus cachorros. Pero esta es una peligrosa arma de doble filo que, con el paso del tiempo, se volverá de forma cruel en nuestra contra. Como tan sabiamente decía Aristóteles la virtud habita en el término medio, y es cuestión de supervivencia saber encontrar el necesario equilibrio entre nuestras exigencias emocionales como padres y las necesidades.
Santos Guerra cuando dice que los profesores, también los padres, forman a sus alumnos como los océanos forman a los continentes, retirándose. Y todos, aunque sea difícil, aunque sea doloroso, tenemos que encontrar el momento apropiado para apartarnos del camino, para dejar espacio a que cada cual cometa sus errores. Al fin y al cabo no solo les pertenecen sino que tienen derecho a ellos.
Un excelente reportaje de Nathional Geographic sobre el transcurso del embarazo humano, sin duda no hay que perdérselo. Se llama: "En el viente materno".
Sin duda un texto para reflexionar, a mi personalmente me ha encantado. Mis agradecimientos de hoy van como siempre para kathy Hare por adornar mis entradas en el blog con sus maravillosas e inspiradoras ilustraciones. Y a La mariposa y el elefante por abrirme los ojos en el camino educativo.
"Nadie puede despertar a otros si uno todavía está dormido".
Curisosamente navengando por la red me encontré con este fantástico cuento, y quiero compartirlo con todos vosotros, me parece fantástica!!. La historia que acompaño está adaptada del texto “Three letters from Teddy” de Elizabeth Silance Ballard.
A todos los “profes”… ¡Feliz despertar!
Aquella mañana la señorita Thompson fue consciente de que había mentido a sus alumnos. Les había dicho que ella les quería a todos por igual pero, acto seguido se había fijado en Teddy, sentado en la última fila, y se había dado cuenta de la falsedad de sus palabras.
La señorita Thompson había estado observando a Teddy el curso anterior y se había dado cuenta que no se relacionaba bien con sus compañeros y que tanto su ropa como él parecían necesitar un buen baño. Además el niño acostumbraba a comportarse de manera bastante desagradable con sus profesores. Llego un momento en que la señorita Thompson disfrutaba realmente corrigiendo los deberes de Teddy y llenando su cuaderno de grandes cruces rojas y bajas puntuaciones. Sin duda era lo que merecía por su dejadez y falta de esfuerzo.
En aquel colegio era obligatorio que cada maestro se encargara de revisar los expedientes de los alumnos al inicio de curso, sin embargo la señorita Thompson fue relegando el de Teddy hasta dejarlo para el final. Sin embargo al llegarle su turno, la profesora se encontró con una sorpresa. La profesora de primer curso había anotado en el expediente del chico: “Teddy es un chico brillante, de risa fácil. Hace sus trabajos pulcramente y tiene buenos modales. Es una delicia tenerle en clase.” Tras el desconcierto inicial, la señorita Thompson continúo leyendo las observaciones de los otros maestros. La profesora de segundo había anotado, “Teddy es un alumno excelente y muy apreciado por sus compañeros, pero tiene problemas en seguir el ritmo porque su madre está aquejada de una enfermedad terminal y su vida en casa no debe ser muy fácil.” Por su parte el maestro de tercero había añadido: “La muerte de su madre ha sido un duro golpe para él. Hace lo que puede pero su padre no parece tomar mucho interés, sin no se toman pronto cartas en el asunto, el ambiente de casa acabará afectándole irremediablemente.”. Su profesora de cuarto curso había anotado: “Teddy se muestra encerrado en sí mismo y no tiene interés por la escuela. No tiene demasiados amigos y, a veces, se duerme en clase.”
Avergonzada de sí misma, la señorita Thompson cerró el expediente del muchacho. Días después, por Navidad, aún se sintió peor cuando todos los niños le regalaron algunos detalles envueltos en brillantes papeles de colores. Teddy le llevó un paquete toscamente envuelto en una bolsa de la tienda de comestibles. En su interior había una pulsera a la que faltaban algunas piedras de plástico y una botella de perfume medio vacía. La señorita Thompson había abierto los regalos en presencia de la clase, y todos rieron mientras enseñaba los de Teddy. Sin embargo las risas se acallaron cuando la señorita Thompson decidió ponerse aquella pulsera alabando lo preciosa que le parecía, al tiempo que se ponía unas gotas de perfume en la muñeca. Teddy fue el último en salir aquel día y antes de irse se acercó a la señorita Thompson y le dijo: “Señorita, hoy huele usted como solía oler mi mamá.”
Aquel día la señorita Thompson quedó sola en la clase, llorando, por más de una hora. Aquel día decidió que dejaría de enseñar lectura escritura o cálculo. A partir de ahora se dedicaría a educar niños. Comenzó a prestar especial atención a Teddy y, a medida que iba trabajando con él, la mente del niño parecía volver a la vida. Cuánto más cariño le ofrecía ella, más deprisa aprendía él. Al final del curso, Teddy estaba ya entre los más destacados de la clase. Esos días, la señorita Thompson recordó su “mentira” de principio de curso. No era cierto que los “quisiera a todos por igual”. Teddy se había convertido en uno de sus alumnos preferidos.
Un año después la maestra encontró una nota que Teddy le había dejado por debajo de su puerta. En ella Teddy le decía que había sido la mejor maestra que había tenido nunca.
Pasaron seis años sin noticias de Teddy. La señorita Thompson cambió de colegio y de ciudad, hasta que un día recibió una carta de Teddy. Le escribía para contarle que había finalizado la enseñanza superior y para decirle que, continuaba siendo la mejor maestra que había tenido en su vida.
Unos años más tarde recibió de nuevo una carta. El niño le contaba como, a pesar de las dificultades había seguido estudiando y que pronto se graduaría en la universidad con excelentes calificaciones. En aquella carta tampoco se había olvidado de recordarle que era la mejor maestra. Cuatro años después, en una nueva carta, Teddy relataba a la señorita Thompson como había decidido seguir estudiando un poco más tras licenciarse. Esta vez la carta la firmaba el doctor Theodore F. Stoddard, para la mejor maestra del mundo.
Aquella misma primavera, la señorita Thompson recibió una carta más. En ella Teddy le informaba del fallecimiento de su padre unos años atrás y de su próxima boda con la mujer de sus sueños. En ella le explicaba que nada le haría más feliz que ella ocupara el lugar de su madre en la ceremonia.
Por supuesto la señorita Thompson aceptó y acudió a la ceremonia con el brazalete de piedras falsas que Teddy le regalará en el colegio y, perfumada con el mismo perfume de su madre. Tras abrazarse, Teddy le susurró al oído: “Gracias, señorita Thompson, por haber creído en mí. Gracias por haberme hecho sentir importante, por haberme demostrado que podía cambiar.”
Visiblemente emocionada, la señorita Thompson le susurró: “Te equivocas, Teddy, fue al revés. Fuiste tú el que me enseñó que yo podía cambiar. Hasta que te conocí, yo no sabía lo que era enseñar.”